Escribir.

Cuando no se te ocurre nada sobre lo que escribir, está bien posar la mano con el boli entre los dedos encima del cuaderno, y dejar que fluyan las palabras llenas de sentimientos que bajan por las venas del brazo y la mano, y se unen con la tinta.
   Seguro que después, al leer lo que está ya pegado al papel, te sorprenden los resultados.
   Así han surgido bellos poemas, canciones, libros... Y seguro que es un maravilloso terapeuta para esos momentos en los que te sientes fatal y todo es muy triste en tu vida.
   Muchas veces es la propia mente la que se aburre, y en su afán de dramatizar y crear novelas densas, le da por exagerar, porque en realidad no le importas en absoluto.
   Pero si dejas que todo eso salga hacia la hoja del cuaderno, el alma se limpia, como si estuvieses debajo de una ducha de energía liberadora, que acaricia.
   Tenemos tantos nudos dentro, tanto que liberar, que llega hasta nuestro niño interior. Él/ella necesita que le escuches. Tiene miedo, sólo está asustado y quiere un abrazo.
   Para encontrarlo, necesitas seguir en ocasiones el rastro de las letras que se convierten en palabras, y luego en frases.
   Tirando de ese hilo, al otro lado, está tu niño. Ese que fuiste hace no tanto tiempo. Escúchalo, abrázalo. Y sonríe.

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